En mi infancia, entre mis tres y cinco años, yo viví en Matavilela,
un barrio antiguo y abigarrado, de calles sucias, semifangosas, de
tugurios y conventillos, que rodea al Mercado Central de Guayaquil,
donde se podía ver a jóvenes e incluso viejos indígenas con sus
atuendos andinos en el sol del trópico, ofreciéndose para llevar, sobre
sus hombros robustos, verdaderas torres de grandes bultos, costales de
frutas, canastones y hasta muebles. Mi madre, mis hermanos y yo
ocupábamos un departamento del primer piso de un vetusto edificio de
las calles Sucre y Seis de Marzo, el centro del centro de esa
nauseabunda Matavilela. En esas aceras merodeaban ladroncitos de aire
ruinoso y los cachineros más marginales compraban, primero, y
subastaban, después, durante todo el día, de lunes a domingo, las pocas
prendas que les dejaba la noche, y refrescaban su aguardentosa
garganta con sucios vasos de ostiones. Justo en la calle de atrás, en
la 10 de Agosto, al socaire de viejos zaguanes se reunían las
prostitutas diurnas, algunas ya envejecidas, todas trasegadas por la
incertidumbre: gavillas de carnes prietas enfundadas a la fuerza en
mínimas prendas de colores chillones, adivinadas por las aves
carroñeras, que las asechaban. El barrio era en verdad un gran mercado
callejero, un reino de pensiones baratas y cantinas roñosas. Salones
mugrientos con unas cuantas mesas llenas de cicatrices y una rockola se
alternaban con pequeños comercios de abarrotes, regentados por
inmigrantes de la sierra o por chinos pobres, gente que se entuguriaba
durante años, generaciones tal vez, con tal de no volver a quién sabe
qué pesares.
El barrio era en verdad un gran mercado callejero, un reino de pensiones baratas y cantinas roñosas...
En
el recuerdo, no me veo caminando por esas calles de podredumbre, ni la
veo a mi madre ni a mis hermanos. En el recuerdo, casi todo transcurre
en un departamento de paredes de barro, pintadas de blanco, tal vez con
cal. Ese ‘todo’ quiere decir sólo una circunstancia, a la que voy a
referirme. Y he dicho ‘casi’ porque no olvido la cantina que funcionaba
en los bajos de nuestro decrépito edificio. A los cinco años también yo
tenía canciones preferidas. Algunas tardes pedía a mi madre que me
dejara bajar a escucharlas, y ella a veces me daba monedas para la
rockola, pero en otras ocasiones me hacía falta recurrir a los clientes
que refrescaban el sofoco vespertino: aprendí a cantar para
ganármelas.
A
cien metros de nuestro departamento se levantaba un edificio tan
resquebrajado como todos los del lugar, que albergaba a la Escuela de
la Colonia China, donde los chinos pobres mandaban a sus hijos, y mis
hermanos, gracias a no sé qué milagros de mi madre, iniciaron su vida
escolar. Ella, mi madre, entregaba la fuerza de sus veintisiete años a
un taller de costura que la ocupaba todo el día; salía a las siete con
mis dos hermanos, y volvía con ellos algo después de la una, primero, y
de las seis, después. Como en esa época no había jardines de infantes,
o no los había para familias como la nuestra, yo no tenía más remedio
que quedarme solo, bajo llave, como se dice. El departamento tenía, en
el salón, pequeño y austero, adornado con dos sillones baratos, un
tragaluz de cristal en el techo, que, junto con la ventana, hacía de
este sitio el más claro de la casa. Con la mente en blanco, yo
permanecía allí buena parte del día, como si esa luz incolora, ajena,
pudiera protegerme o al menos acompañarme. A veces caminaba por un
corto pasillo que llevaba al dormitorio, al único dormitorio, que
compartíamos los cuatro, vagamente conminado por alguna presencia
indeterminada, avanzaba concentrado, como si alguien estuviera a punto
de hablarme, o me llamara desde otro lado, tal vez desde el fondo de la
habitación, adonde yo tuviera que ir siempre a mirar o buscar algo,
fuera lo que fuera. Pero nada perturbaba aquel extraño silencio, el
incomprensible mutismo del piso, el edificio, la calle. Las canciones
de las rockolas, los gritos de los vendedores, de las prostitutas, los
borrachos, todo el explosivo bullicio del exterior se desvanecía allí,
acallado por herméticas, invisibles paredes, incapaces, en todo caso,
de vulnerar mi mente, mi casa. Es decir, seguramente el ruido siguiera
allí, pero quizá ya no me alcanzaba. ¿Me había ido, yo? ¿Adónde? En mi
memoria descubro una escurridiza, una invencible sensación que me ha
acompañado siempre: la falta de sentido de todo, la inutilidad de todo,
el hastío.
En aquellos dos años que tardé en emular a mis
hermanos en la rutina de su vida escolar, la jornada transcurría así,
sin que ninguna voz, ningún crujido, ni siquiera un recuerdo
consiguiera interrumpir el silencio, sin nadie que me hablara y sin que
yo consiguiera hablar a nadie, ni a mí mismo. Lo que hubiera en mí no
era suficiente para hacerme preguntas sobre lo que pasaba, ni sobre
nada.
El silencio depura, corroe lo apócrifo, lo falso, todas las excrecencias cotidianas que se adhieren a la verdad...
Un
día, en la tarde, excepcionalmente encontré en el salón un promontorio
de ropa recién lavada, seca, sobre una ancha tina de madera. Atacado
por la misma sensación de inutilidad del silencio, me decidí a
colonizar aquel nido imprevisto. Me acomodé como pude y me dispuse a
dormir. Dormitaba cuando escuché un golpeteo en la puerta, leve al
principio, urgente después. No quise pensar por qué mi madre y mis
hermanos tenían que actuar así. Dudé, pero sólo un momento, justo el
tiempo que tardé en escuchar mi nombre en tono cada vez más alto. Supe
que habían olvidado las llaves. Entonces tuve la canallesca ocurrencia
de mostrarme sordo, de fingirme dormido. Lo hice con toda
determinación. Poco después los tres, desde el piso de arriba,
mostraban su cara por el tragaluz, que estaba sobre mi cabeza. Cuando
vi sus manos agitándose, sus ahogadas señas de mudo, sentí una íntima
satisfacción y me hundí más en mi falso sueño.
Durante toda
mi vida me he creído libre del sentimiento de venganza, pero he aquí
que una ligera excavación me obliga a reconocerlo en un momento tan
germinal, en los orígenes de mi vida. No tiene importancia saber cómo
resolvieron la dificultad en que los había metido su memoria defectuosa
y mi mala índole, mi venganza. No tiene importancia, el final.
Acudiendo a un recurso peligroso lograron entrar por la ventana desde
el edificio de al lado, y mostraron su perplejidad ante mi sueño
profundo. Eso es lo que recuerdo, esas imágenes cercadas por el
silencio. Se han conservado así, creo, porque hasta ahora, por diversas
razones, he preferido rodearlas de más silencio. Silencio sobre
silencio.
Sé,
por supuesto, que en éste puede no haber verdad, pero en todo lo
verdadero tiene que haber silencio: el silencio depura, corroe lo
apócrifo, lo falso, todas las excrecencias cotidianas que se adhieren a
la verdad y la adulteran. Hay un silencio perdurable. Tal vez sea el
único cierto. Y por eso puede ser terrible.
Que el silencio
puede ser duradero, y terrible, es para mí una afirmación palmaria. Lo
digo porque a veces me parece que nunca he salido de aquel
departamento de Matavilela; que no he caminado en mi vida por otra
senda que no fuera aquel pasillo; que nadie me ha llamado desde otro
lugar que un tragaluz; que no he hecho nada más que fingirme dormido
para no abrir, no hablar, no despertar. En cambio, otras veces siento
que hay un hondo pesar en mí, precisamente, por haber salido, infiel,
de ese departamento, y que es su sordo llamado el que me hace feroz e
intolerante ante el ruido, el que me obliga a volver, a encerrarme, a
buscar el silencio que en aquellos años me apegaron a mí mismo, y me
hicieron el hombre que ahora debe escribir esto, sobre la verdad de su
silencio y el silencio de su
verdad.
Me
digo también, me pregunto, si no habrá otros lugares que me retengan
del modo tan cabal y sigiloso como el de Matavilela, si las personas
que conozco no padecen del mismo extraño sortilegio, si no vivimos en
espacios más síquicos que físicos, en territorios de geometrías
insospechadas.
Mario Campaña
Escritor